domingo, diciembre 10, 2017

Conversar es inútil Vol. 1

Laurel and Hardy en una animada conversación - http://www.telegraph.co.uk/comedy/comedians/laurel-and-hardy-funniest-lines/


Una de las ideas más convencionales de la psicología popular es que “hablando se entiende la gente”. Pero eso no es sólo una idea convencional, es también una estupidez convencional. Las conversaciones serán útiles para compartir información, pero son una peligrosa ilusión cuando se trata de entenderse, intercambiar juicios o peor aún modificarlos.


Considere esta historia:

Marcela y Carlos son hermanos, están juntos en un tranquilo viaje de vacaciones. Una tarde, deciden que sería interesante y divertido si hicieran el amor. Al menos sería una experiencia nueva para ellos. Marcela está tomando pastillas anticonceptivas, pero aun así Carlos usó un condón esa noche. Ambos disfrutaron mucho tener sexo entre ellos y sintieron una profunda y feliz conexión. Para evitar confusiones de otros, decidieron que no lo repetirían y mantendrían esa noche como un secreto especial de los dos para sentirse incluso más cerca el uno del otro.
¿Piensa usted que estuvo bien que Marcela y Carlos tuvieran sexo? Si es como la mayoría de las personas en los estudios de Jonathan Haidt[1], el creador de este experimento, responderá inmediatamente: “No, no está bien que dos hermanos tengan sexo” ¿Pero por qué no?
Quienes de inmediato dicen que estuvo mal que Marcela y Carlos tuvieran sexo, justifican su respuesta diciendo que todos saben de los problemas genéticos que puede ocasionar la endogamia, pasan por alto que usaron un doble método anticonceptivo; entonces se refieren a como eso puede dañar su relación, omitiendo que ambos sintieron una conexión profunda y se sintieron felices; otros argumentos se orientan a que esa situación puede lastimar a sus padres o familiares, olvidando que ambos decidieron que sería un secreto. Frente a los argumentos en contra, las personas suelen rascarse la cabeza y decir algo como: “Sé que estuvo mal, sólo que no puedo explicarte”.

Las personas no pueden explicar su posición frente a la relación de Marcela y Carlos debido a que con los juicios morales ocurre lo mismo que con los juicios estéticos y casi todos los demás juicios:  la argumentación viene después de que se ha adoptado una postura. Por ejemplo, cuando miramos una pintura, tenemos una sensación inmediata acerca de si nos gusta o no. Si alguien nos pregunta el porqué de nuestras sensaciones, tendremos que inventar explicaciones sobre el color, o la luz, tendremos que inventar explicaciones sobre algo que ya sentimos, y es muy poco probable que una argumentación contraria haga que usted cambie su impresión inicial.

Nuestros juicios y actitudes están profundamente anclados en creencias y emociones que no podemos verbalizar. Estamos llenos de pensamientos y afectos inefables. Cuando hacemos la apuesta de tener una “profunda conversación de sentido” para que otros cambien sus actitudes, pasamos por alto que la mente es como una federación de procesos, y que la mayoría de esos procesos son estados relativamente independientes que no están al alcance de las leyes federales del lenguaje, por lo que intentar modificarlos solo con una conversación como palanca es más o menos un ejercicio de futilidad.

Caricaturizamos las cantaletas y diatribas y sermones porque en el fondo reconocemos que no son útiles. Quizá son útiles para quien hace catarsis por medio de ellas, pero ciertamente no para quien la escucha. Pero entonces, ¿por qué ponemos tanta fuerza al lenguaje cuando intentamos cambios en otras personas? ¿Por qué es tan frecuente que frente a un conflicto interpersonal tengamos la tentación inmediata de “tenemos que hablar”?

Esta no es una pregunta tan difícil. Lo más externo de nuestra mente es el habla. Sólo recientemente las ciencias cognitivas han entendido la verdadera naturaleza de nuestros procesos cerebrales gracias a modernos recursos de imágenes cerebrales y avanzados modelos cognitivos, así que es probable que durante mucho tiempo más sigamos atados a la idea de que el pensamiento verbal consciente es la clave del pensamiento. No lo es. La clave del pensamiento es la experiencia integral de las personas, el lenguajes es una mínima porción de esta experiencia. En un siguiente post compartiré algunas alternativas que tenemos cuando nos interesa que otras personas logren cambios ya sean los amigos, o los hijos o nuestra pareja. Necesitamos alternativas porque todos tenemos una colección de frustraciones cuando hemos intentado transformar a otros mediante conversaciones que se repiten una y otra vez y empiezan con: “ya hemos hablado de esto…”.

La siguiente vez que esté a punto de conversar con alguien para hacerle “caer en cuenta” o “hacerlo entrar en razón”, o convencerlo de cambiar su voto en el Plebiscito por la paz, no pierda de vista que las actitudes de su interlocutor están construidas con muchos componentes afectivos y emocionales que se procesan en partes de nuestro cerebro que son más o menos ajenas al lenguaje. En muchos casos su interlocutor seguramente le escucha como los niños escuchan a los adultos en la serie Peanuts de Schulz (https://www.youtube.com/watch?v=diNlKDr9KPk). Necesita pensar en opciones que estén más al día con nuestra comprensión actual de cómo funciona la mente.
Mandamos a los niños a lavarse las manos antes de comer porque sabemos cómo funcionan los gérmenes. Es tiempo de poner al día nuestras prácticas interpersonales con ideas frescas sobre cómo funciona la mente.

Una vez me sorprendió una pareja de ancianos que se veían especialmente felices y amorosos en un restaurante, así que entablé conversación con ellos y averigüé que estaban felizmente casados desde hacía 66 años. Mi matrimonio más largo ha sido de 8 años, por lo que me interesé en el verdadero secreto para superar todos los conflictos que trae consigo la vida marital. La respuesta de la señora, fue uno de las semillas para escribir esta serie de textos:  “El secreto es no seguir el secreto que todos dan. Nunca nos sentamos a dialogar, sólo nos abrazamos y ya."

Vol. 2: Siempre hay más pensamiento que lenguaje
Vol. 3: Es un mono el que escucha, un mono sin poder de decisión.



[1] La historia de Marcela y Carlos, es una adaptación de las ideas de Jonathan Haidt: Haid, J. (2006) The Happiness Hypothesis. New York: Arrow 

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