martes, marzo 14, 2017

Una plegaria

Basado en una historia real...


El bus se detuvo brevemente frente a una iglesia y recordó que con Dios, tenía algunas cuentas que ajustar; no sabía entonces que en la noche que llegaba, habría de perdonar todos los pecados que Dios había cometido contra ella y que tendría que aplicarse a una de las plegarias más devotas de su vida.


Desde hacía años había estado coqueteando con una especie de ateísmo obligado, casi impuesto de fustigar como nueva psicóloga, con trabajos que consistían todos en tratar de enderezar los renglones torcidos de Dios. Pero las cosas estaban siendo un poco distintas por estos días. Una de sus más caras plegarías estaba siendo contestada. Había estado orado en forma casi anónima por compañía, y él, era una gran compañía. Divertido y cercano, atento e inteligente; había casi exorcizado tantos días de soledad y de contemplar con envidia y desdén la vida romántica y ajena de los otros.
   Había orado por cuidado, y él la cuidaba. Anticipaba incluso algunos de sus caprichos, y estaba atento de cosas que sólo son ciertas cuando son ciertas; por ejemplo medicinas o aburridas diligencias cotidianas. Este tipo incluso hacía una Pomodoro genial que servía con elegancia. La Pomodoro siempre fue su salsa preferida, aunque nunca se lo diría. Si, le hacía sentir segura.
   Había orado por alguien hermoso y con el exceso de energía sexual que necesitaban sus apetitos, pero eran estas últimas, las fallas por las que había pensado que aún tenia que ajustar algunas cuentas con Dios. Sin embargo, estaba de nuevo en el juego de ser pareja. Alguien buscándola, alguien deseándola más allá de una sola noche, alguien para conversar y aprender. Alguien desplegando juegos de celos que a ella le encantaba jugar. Alguien al fin.
   Así que esa primera noche que compartieron la cama sólo para dormir, era la puerta de esos momentos metafísicos en que te olvidas del pesimismo y el escepticismo, y en cambio te preguntas: ¿Por qué no?
   Para esa primera noche él la invitó a quedarse con toda la cortesía de que fue capaz, una cortesía innecesaria. Antes de dormirse hubo más caricias que pasión, y atenciones y rondas. ¡Y ésa cama! Suave y firme y compleja. Con olor a jabón caro y texturas gruesas y tersas. Sensaciones todas muy ajenas de su cama ruidosa, su colchón deforme y sus sábanas flacas que rara vez se lavaban en propiedad. Pensó por un momento que podría dormir para siempre allí. Quizá hasta se lo merecía. Esperó un poco de acción de buenas noches, pero no apareció. Esa ausencia estuvo sí compensada por su proximidad intimidante y la calidez de su olor. Olía como a lo que debe oler el cielo. Cuándo apagó la ultima luz, y le dio un beso en la boca despidiéndose hasta mañana, ella se preguntó en la penumbra absoluta: ¿Y si fuera la primera de mil noches a su lado? Así, se dejó llevar de la paz y la mezcla de caricias de aquellas sábanas y aquella piel que seguía siendo suave a pesar del tiempo. Esperaba que fuera una larga noche.
   Pero como lo sospechaba, por vivir más desengaños recurrentes de los que resiste una misma vida, algo vendría a poner en jaque ésta veta de felicidad, y su última y única esperanza sería Dios.
En lo que calculó era la media noche, la despertó una sonora flatulencia, un sonido intenso, fuerte y claro del que descubrió con horror que ella era la autora. Allí estaba. En medio de la noche, en aquella escena romántica tantas veces anhelada, que estaba ahora a punto de colapsar por una grosera expresión de su biología.
   Se le heló la sangre. Repasó todas aquellas noche de soledad, de abandono, de horribles películas y comida chatarra, y la pesadilla del sábado por la noche con ese maldito programa de chistes que incluso aprendió a disfrutar. Todas aquellas noches de anhelar cualquier cosa parecida a quien le había invitado a su cama esa noche y prometido un desayuno delicioso. Todo estaba a punto de fenecer por un capricho de sus intestinos.
   Entonces oró. Pidió perdón por estar lejos. Convocó toda la fe de que fue capaz. Le recordó a Dios cuanta devoción había puesto en sus años más jóvenes. Y oró con toda la fuerza de su alma. Apretó las manos en la oscuridad y se postró mentalmente de rodillas. Todo lo que necesitaba, todo lo que pedía era un milagro más. El último que pediría en lo que le quedara de vida: Que por favor fuera una flatulencia inofensiva. Qué por piedad, él no despertara sofocado por su miasma inmundo...

1 comentario:

David Pimienta dijo...

Me recuerda un antiguo proverbio que dice: Uno es ateo hasta que tapa el baño en la casa de los suegros.