lunes, mayo 16, 2005

LAF

Entonces se me acerca una de esas chicas de medidas estandarizadas y mirada de “Ven y tómame”:
¿No vas a comprar tu pulsera de Livestrong?
No muchas gracias. Le dije con cortesía.
Es para ayudar a LAF (deletreado en perfecto inglés), qué trabaja ayudando a las personas a superar el cáncer.
Yo le pedí algo de ampliación sobre LAF (mal deletreado en inglés) sólo por mirar si podía mirarle el ombligo sin que ella se diera cuenta. Pero me sorprendió la pasión con que me descargó un discurso apologético sobre la dichosa fundación “que tuvo la genial idea de vestirnos de amarillo para que uno a uno nos sumáramos a la protección de los Survivors”. Me habló de “nuevos retos del marketing al servicio de la humanidad”, de “trascender fronteras”, de “podrías terminar con un Linfoma no Hodgkin de tipo anaplásico”.

Y cómo nos estábamos poniendo solemnes y se habían desvanecido mis ilusiones de flirteo, yo pedí la palabra:
Déjame ver si te sigo: ¿Tu quieres que yo compre por quince mil pesos una pulsera de caucho amarilla que originalmente vale un dólar, para apoyar una fundación en el país más rico y poderoso del mundo, mientras nuestras fundaciones que trabajan por el sesenta por ciento de colombianos que malviven en la miseria cierran sus sedes porque las absorbe la estadística de miseria o por sospechas uribistas de actividades pro-narcoterrorristas?
Es de silicona, no de caucho. Las de caucho no son las originales. Me explicó ella.

Fue después de mi encuentro con Kelly que empecé a notar que en verdad todos mis conciudadanos tienen ya su pulserita amarilla y aún más, empecé a notar que en serio se está consolidando como un símbolo de cachetosidad y estatus sumarse a la buena causa de los enfermos de cáncer. Se de buena fuente, que una universidad local exigió a sus estudiantes de medicina de último año que llevaran las pulseras a las clases, y un importante grupo de niñas como Kelly las expenden con permiso de almacenes y centros comerciales sofisticados.

Ahora estoy confundido. Semejante interés local por una causa noble internacional es sin lugar a dudas loable. Empiezo a entender aquello de “Piensa globalmente y actúa localmente”; me entusiasma que Kelly y sus amigas dejen la apatía y se sumen a algo; me gusta también que tantos buenos barranquilleros quieran retribuir de alguna manera nuestros excedentes de bienestar y progreso, y me impresiona cuanto le gusta a la gente “vestir de amarillo” y demostrarlo. Parece un saboteo colectivo a Mateo 6.3.

Me pregunto claro, si todo el que lleva en su muñeca la pulserita sabe de que va el cuento. Me pregunto si no será cosa de nuestro snobismo crónico, me pregunto si los devaluados pesos van a donde deben ir y si quienes compran las pulseritas (de caucho) en los semáforos han leído la declaración de LAF en la que yo, egoístamente busqué sin éxito algún programita para Latinoamérica…

Kelly ayudó a despejar mis dudas. Al salir del almacén me abordó de nuevo:
¿Entonces no vas a llevar la pulserita? Aunque sea por estar de moda hey.
Mi cerebro reptilico pensó: Segundo round, alusiones personales, medidas estandarizadas, “mirada de ven y tómame”…
¿Te parece que soy de los que están a la moda? Respondí por seguir la conversación.

Kelly me miró de pies a cabeza y me respondió con una triste mirada final. Como si corriera un velo de consideración para con mi pregunta. Parece que de inmediato decidió no venderme la “Original Livestrong”.

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