viernes, diciembre 17, 2004

Nieve tropical

Cada vez que veo un muñeco de nieve en alguna estantería mientras me seco el sudor del cuello, me siento un poco Jack el Destripador. No imagino como hemos puesto tan abajo nuestra dignidad como pueblo y como cultura, para congregarnos en esta añoranza patética de las postales que nos impone el Imperio. He visto de todo: Bolitas de icopor tiernamente pegadas en las vitrinas de los almacenes, colgaderos de algodón, espumas, flecos y hasta la insoportable nieve en aerosol. He visto pintar con vinilo blanco inocentes arbolitos y el año pasado vi también una casa rica que tenía un dispositivo que arrojaba una especie de papel picado al aíre.

A mis treinta se que en todos los procesos de colonización deben enajenarse y alienarse los bienes culturales locales para ser remplazados por la luz y la civilización, pero por favor ¿Nieve en nuestras casas ardientes?

No crean que no he venido haciendo mis ejercicios de tolerancia con las importaciones de navidad. Primero con los pinos y arbolitos, ya compré uno. Luego con los renos que pastan felices en cualquier parte de la ciudad, dejé atrás la idea del asadero. Tolero mejor los Papa Noel desde que leí el excelente ensayo de Valerio sobre las costumbres sexuales de Mamá Claus y los duendes, y no puedo negar que hasta me gusta encontrármelos en persona cocinándose en sus trajecitos rojos y riendo infelices Jo, jo, jo (Ya sabemos como termina esto). Hace mucho que ya no estrangulo a ositos polares con su propia bufanda y hasta siento compasión profesional por la gente que compra medias para colgar en sus chimeneas. Pero señores hay una sola cosa que no me calo: La decoración con nieve artificial y mira si hay sádicos que hasta ponen trineos.

No veo de dónde viene la ilusión de la nieve por estos parajes donde no ha caído nunca. Al menos los puertorriqueños tienen motivos para su fantasía desde el 6 de enero de 1952 cuando la Alcaldesa de la Capital, doña Felisa Rincón de Gautier, hizo traer, por avión, desde los Estados Unidos, un cargamento de nieve que, según cuenta José Luis Vega, fue expuesta en el Parque Luis Muñoz Rivera y “brindó a una muchedumbre alucinada el efímero placer de tocarla, comerla, de entrarse a pelotazos con ella, de fabricar, incluso, un muñeco patético que muy pronto vino a dar en lodo”. La nevada fue por demás un triste preámbulo a la inminente Constitución del Estado Libre Asociado, quizá algunos esperaron que ratificando su dependencia del norte pudieran gozar de nevadas más frecuentes. ¿Pero a nosotros quién nos ha dado la ilusión de la nieve más que muñecos de cartón y bolas de poliestireno? La nieve en navidad es una muestra penosa de enajenación y una patética caricatura de cómo prostituimos nuestros valores estéticos.

¿Por qué no se nos antoja decorar con hielo? El hielo es estupendo incluso cuando emula la nieve en los raspaos primorosos. El hielo en estas latitudes, es saludable alteridad, antítesis natural de la canícula, conquistada ilusión, preciosa utilidad, apropiación legítima, e incluso hielo hemos tenido en las históricas granizadas que unos dicen ser leyenda y otros brujería. El hielo, si lo pensamos podría ser una opción digna.

Ya de salida, cuando pienso en estos esquemas de interculturización colonial en los que nos derretimos de calor colgando nieve de icopor, se me antoja que no hemos salido tan mal librados. Nosotros pegamos algodón y bolitas de icopor para escapar de la cruda realidad tropical de treinta grados a la sombra y la suciedad y pobreza de nuestras calles, Estados Unidos a su vez inundará las suyas con cerca de 110 mil millones en drogas de las que buena parte son polvo blanco cortesía de los países tropicales… Hombre, es navidad después de todo, dejemos las cosas así por ahora y deseémonos mutuamente con el sordo encanto de gramófono de Bing Crosby: "Happy White Christmas".

1 comentario:

Angelica dijo...

Excelente, voy a coleccionar cubitos de hielo para decorar mi casa en navidad. Cuando lo haga le envío la foto.
Lo felicito profesor :P