viernes, diciembre 10, 2004

Final de Infarto

Si el profesor Alberto Assa no se hubiera muerto, lo habría hecho en la final del Concurso Nacional de Coros que se celebró en nuestra ciudad en días pasados. Pero no precisamente por el choque de belleza y excelencia de las ejecuciones, que dicho sea de paso fueron algunas muy buenas, sino por la lamentable muestra de la aleatoriedad caribe que ofrecimos como público de principio a fin.

Muchos recordamos con cariño como Assa ponía juicio, concierto y dignidad a los escasos eventos culturales clásicos de nuestra ciudad, incluso con cierta comprensión paternal. Ofreciendo amables correcciones al protocolo o al programa, indicando a los gestores culturales la pronunciación correcta de ciertos nombres o simplemente haciendo que las cosas estuvieran a tiempo. Pues nunca he extrañado tanto al Profesor Assa, en su papel de “asistente civico-cultural” como el pasado viernes 3 de diciembre en la final del Primer Concurso Nacional de Coros que se desarrolló en el teatro Amira De La Rosa.

Ya en el teatro todo el mundo se sentó donde quiso, dado que a la gente se le antojó superfluo eso de numerar los asientos, con lo que hubo la alegre y ya familiar barahúnda de quienes exigen su puesto y quienes quieren usurparlo. El evento inició con media hora de retraso y sin jurados, por lo que debió suspenderse la actuación de uno de los grupos que estaba en plena ejecución. Patricia La Torre hizo su mejor esfuerzo como maestra de ceremonias pero no había nada que hacer con los espontáneos del Maestro Carlos Eduardo Basto que se tomaba el micrófono para contar anécdotas, compartir notas autobiográficas o anunciar la venta de la revista oficial del concurso que se hizo en plena platea como si fueran papas fritas en el estadio. Los celulares colmaron la paciencia de todos, incluso la de la Profesora Lilla Gábor miembro del jurado internacional, que suspendió en un arrebato de intolerancia la ejecución en marcha de uno de los grupos y suplicó el favor de apagar los adminículos por respeto a los artistas, al concurso a la propia ciudad de Barranquilla, o a nuestra madre que nos parió. Todo el mundo salió y entró a la sala según sus necesidades y también según sus necesidades aplaudían daban vítores, silbaban, chillaban y como no, hacían coros.

Afortunadamente lo peor del cierre del concurso fue el público. La iniciativa merece un gran aplauso para las directivas de la Facultad de Bellas Artes en cabeza de William Jatib, por darse a la tarea nada fácil de organizar un evento en donde hubo una gran calidad de los participantes y una nutrida aunque no siempre afortunada respuesta del público.

El Concurso Nacional de Coros, que reunió un total de 9 directores y 250 coralistas ofreció a la ciudad experiencias memorables en torno a la música coral, algunas de las cuales son verdaderas hazañas como por ejemplo los conciertos por la paz. Por ello es lamentable que el público no responda con la integridad que requiere un esfuerzo como el Concurso Nacional de Coros.

La verdad es que desde mis tiempos de universitario veíamos más que clara la tarea de generar estrategias para una especie de “pedagogía para el público”. Diez años después la tarea sigue viva y coleando, por supuesto que se nota especialmente cuando somos anfitriones de un evento nacional que demanda una cuota extra de civismo.

Pasada la “pena ajena” le dan a uno ganas de preguntar si no habrá quizá muy poco acceso a conciertos o recitales de este tipo en la ciudad en los que aprendamos a comportarnos; sino deberían los encargados del teatro velar por un protocolo adecuado a cada evento; sino debería ponerse más atención a las necesidades del público y no dejarlo al azar; y si no hay nadie con la integridad suficiente para tomar el lugar de cariñoso veedor que tantas veces le tocó desplegar a Assa.

A los asistentes se nos anunció de salida que está en ciernes un encuentro internacional de coros en el 2005. A ver si nos sentamos a pensar en el público tanto como pensamos en artistas y logística, para que el papelón no se internacionalice. O no se si debamos tomarnos en serio a Rafit quien desde hace diez años viene sugiriendo que los programas de mano en Barranquilla contengan dispositivos como: “Pegue aquí su chicle”, o que se anexe al telón del Amira una elegante señal luminosa que se encienda al final de las piezas y diga en helvética: “Aplausos”.

2 comentarios:

Indira Sorkar dijo...

Me parece exagerado tu comentario, antes agradece que no había un grupo de millo esperando afuera a los ganadores...

Anónimo dijo...

Jajaja, el comentario del grupo de millo está genial, pero hombre¡¡¡ si debemos reconocer que nos falta civismo y que nuestra "idiosincrasia" se traduce muchas veces en burla de mal gusto...
De cualquier forma estos eventos surgen como una alternativa cultural positiva y aunque con todos los tropiezos mencionados, gracias a Dios que Existen...